Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Sois un gran amigo —repuso Athos, sonriendo—; con vuestro perdurable buen humor reanimáis a los que gimen en la tristeza. Sí, decís bien, empeñemos esa sortija, pero con una condición, y es que nos partiremos los mil escudos.

—¿Ya sabéis lo que decís, Athos? —repuso D’Artagnan—; yo soy guardia y no necesito la cuarta parte de ese dinero que, por lo demás, me lo procuraré vendiendo mi silla. Yo no necesito más que un caballo para Planchet. Además, os olvidáis de que también poseo una sortija.

—A la cual tenéis todavía más apego que yo a la mía; o, por lo menos, eso me ha parecido.

—Es verdad, porque en caso extremo puede librarnos no solamente de un grave apuro, sino también de un gran peligro; no solo es un diamante precioso, sino un talismán.

—No os comprendo, pero creo en lo que decís. Pero volvamos a hablar de mi sortija, o mejor, de la vuestra: quedamos en que nos partiremos el dinero que sobre ella nos presten, o la tiro al Sena, y dudo grandemente que nos pase lo que a Polícrates, es decir, que algún pez complaciente nos la devuelva.

—De acuerdo, acepto —dijo D’Artagnan.


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