Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros En esto, Grimaud regresó acompañado de Planchet, quien, temeroso de que a su amo le hubiese sucedido algún percance desagradable y aguijado por la curiosidad, habÃa aprovechado la ocasión y traÃdo él mismo el traje.
D’Artagnan y Athos se vistieron, y cuando iban a salir, el último hizo a Grimaud la seña de quien apunta un arma de fuego. El lacayo comprendió y, descolgando su mosquetón, se dispuso a acompañar a su amo.
Los dos amigos llegaron sin novedad a la rue des Fossoyeurs.
Bonacieux, que estaba a la puerta de su casa, miró a D’Artagnan con ojos de tumba, y le dijo:
—¡Eh! Mi querido inquilino, daos prisa, en vuestra habitación os está aguardando una muchacha como un sol, y ya sabéis que a las mujeres no les gusta que las hagan esperar.
—¡Es Ketty! —exclamó el mozo, entrando apresuradamente.
En efecto, en el rellano de la vivienda de D’Artagnan halló aquel a la pobre muchacha que, toda temblorosa, estaba acurrucada a la puerta.
—Me habéis prometido vuestra protección —profirió la doncella no bien hubo visto a su amante—; me habéis dado palabra de que me pondrÃais a salvo de sus iras; acordaos de que sois vos quien me ha perdido.