Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es capaz de todo. ¿La habéis visto alguna vez enfurecida?
—No —respondió Athos.
—Es una tigresa, una pantera. ¡Ah! Mi buen amigo, temo haber atraÃdo sobre nosotros dos una venganza terrible.
D’Artagnan refirió entonces y por menudo la escena que en el antecedente capÃtulo hemos narrado, asà como la cólera insensata y las amenazas de muerte de milady.
—Tenéis razón —profirió el mosquetero—, y por mi fe que mi vida pende de un hilo. Por fortuna, pasado mañana salimos de ParÃs para encaminarnos probablemente a La Rochelle, y una vez hayamos partido…
—Si os conoce, os seguirá al otro confÃn del mundo —dijo D’Artagnan—; dejad, pues, que desahogue su odio sobre mà solo.
—¡Ah! Mi querido amigo, ¿qué me importa que ella me mate? —exclamó Athos—; ¿por ventura creéis que estoy apegado a la vida?
—Bajo todo eso se esconde un misterio horrible; estoy seguro de que esa mujer es espÃa del cardenal.