Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Tú, sí —repuso D’Artagnan, estrechando la mano de Athos—. Ya sabes tú cuánto nos interesamos por la pobrecita mm. Bonacieux. De otra parte, Ketty no dirá palabra, ¿no es verdad, amiguita? Es la mujer del horroroso mamarracho que has visto en la puerta de la calle al entrar aquí.

—¡Oh! —exclamó la doncella—, me despertáis otra vez el miedo; ¡con tal que no me haya conocido!

—¡Qué dices! —profirió D’Artagnan—; entonces ¿ya habías visto a ese hombre?

—Sí, dos veces en casa de milady.

—¿Y cuánto tiempo hace más o menos?

—Quince o dieciocho días.

—Esto es.

—Anoche también estuvo en casa de mi ama.

—¿Anoche?

—Poco antes de vuestra venida.

—Mi querido Athos, estamos envueltos en una red de espías —dijo D’Artagnan a su amigo. Y, volviéndose hacia la doncella, añadió—: ¿Y tú temes que te haya conocido?

—Al verle me he bajado mi papalina, pero tal vez no lo he hecho a tiempo.

—Como m. Bonacieux desconfía menos de vos que de mí —dijo D’Artagnan a su amigo—, hacedme la merced de llegaros a la puerta de la calle para ver si el maldito continúa allí.


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