Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Athos descendió para subir de nuevo casi inmediatamente.

—Se ha marchado y su casa está cerrada —dijo el mosquetero.

—Ha ido a dar el soplo, y a decir que en este instante todos los palomos están en el palomar —profirió D’Artagnan.

—Pues levantemos el vuelo —repuso Athos—, y no dejemos aquí más que a Planchet para que nos lleve las noticias.

—¿Y Aramis?

—Es verdad, aguardémosle; pero aquí llega.

D’Artagnan puso en autos a Aramis, y al concluir le manifestó la urgencia de que entre sus valiosas amistades hallase una colocación para Ketty.

—Os quedaré eternamente agradecida —dijo la doncella.

—Precisamente mm. de Bois-Tracy me ha encargado para una de sus amigas de provincias una doncella fiel —repuso Aramis—, y si vos, mi querido D’Artagnan, podéis responder de la señorita…

—¡Oh! Señor caballero —exclamó Ketty—, tened la certeza de que seré fidelísima a la persona que me proporcione la manera de salir de París.

—Como miel sobre hojuelas —repuso Aramis.

Este se sentó a una mesa, escribió un corto billete, lo selló con su sortija y lo entregó a Ketty.


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