Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Athos y D’Artagnan, con la diligencia de dos soldados y la ciencia de dos entendidos, apenas invirtieron tres cuartos de hora en comprar todo el equipo del mosquetero. Por otra parte, Athos era de buena composición y un gran señor hasta el cabo de las uñas. Si un objeto le convenía, pagaba por él lo que le pedían sin regatear un maravedí; y si D’Artagnan le hacía alguna observación sobre el particular, le ponía la mano en el hombro y lo miraba sonriéndose, con lo cual el mozo comprendía que regatear era bueno para el hidalguillo gascón, pero no para un hombre que tenía todas las trazas de un príncipe.

El mosquetero encontró un soberbio morcillo andaluz, de seis años, fogoso y de remos finos y elegantes, y como no le hallara la más pequeña tacha, lo compró por mil libras.

Quizá lo habría obtenido por menos, pero mientras el mozo estaba regateando con el tratante, Athos contaba el dinero sobre la mesa.

Para su lacayo, el mosquetero compró un caballo picardo, corto y robusto, que costó trescientas libras, con las que dio fin a su capital.

—Meted la mano en la parte que a mí me ha correspondido, y ya me devolveréis más adelante lo que me pidiereis prestado —dijo D’Artagnan a su amigo, al ver que este volvía a quedarse sin blanca.


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