Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Cuánto nos daba el judío para hacerse dueño definitivo del zafiro? —profirió Athos por toda respuesta, encogiendo los hombros.

—Quinientas pistolas.

—O lo que es lo mismo, doscientas pistolas más; cien para vos y otras tantas para mí. Es una verdadera fortuna; volveos a casa del judío.

—¡Qué! Acaso querríais…

—Decididamente, la sortija esa me refrescaría recuerdos demasiado tristes —repuso Athos—; y como, por otra parte, nunca podremos devolverle al judío las trescientas pistolas, en este negocio perderíamos dos mil libras. Vamos, buscad al judío y decidle que la sortija es suya, y volved con las doscientas pistolas.

—Reflexionad, Athos.

—En los tiempos que corremos, el dinero contante y sonante es muy difícil de adquirir; por consiguiente, es menester que uno sepa sacrificarse. Idos a casa del judío, D’Artagnan, creedme; Grimaud os acompañará con su mosquetón.

Media hora después, D’Artagnan volvió con las dos mil libras y sin que le hubiese ocurrido novedad alguna.

Así fue como Athos halló en sus propios bienes recursos inesperados.


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