Los Tres Mosqueteros

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XL

EL CARDENAL

Richelieu se acodó sobre su manuscrito, apoyó la mejilla en la palma de la mano, y fijó en el mozo una mirada persistente, una de aquellas miradas escrutadoras exclusivas del cardenal, y que D’Artagnan sintió correr por sus venas con el fuego de la fiebre.

No obstante, el gascón se mantuvo tranquilo, con el sombrero en la mano y en espera de que el cardenal se dignase dirigirle la palabra, ni orgulloso en demasía, ni humilde con bajeza.

—¿Sois vos un D’Artagnan del Bearn, caballero? —preguntó Richelieu al mozo.

—Sí, monseñor —respondió el gascón.

—En Tarbes y sus cercanías hay muchas ramas de este apellido —repuso el cardenal.

—Yo soy hijo del D’Artagnan que hizo las guerras de religión con el gran rey Enrique, padre de su graciosa majestad.

—Esto es —profirió su eminencia—; vos sois quien partisteis hace unos siete u ocho meses de vuestra tierra para veniros a la capital en busca de mejoras.

—Sí, monseñor.

—Vinisteis por Meung, donde os pasó algo, no sé claramente qué, pero algo al fin y al cabo.

—Monseñor —dijo D’Artagnan—, lo que me pasó fue…


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