Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—A una partida de caza a Windsor o a cualquier otra parte, esto no interesa a nadie. Cuanto os he dicho lo sé yo, porque mi estado me obliga a saber todo lo que pasa. A vuestro retorno, fuisteis recibido por una persona augusta, y con honda satisfacción veo que habéis conservado el recuerdo que de ella recibisteis.

El mozo llevó la mano al diamante que la reina le regalara, y volvió el engarce; pero la precaución no era ya oportuna.

—Al día siguiente, quiero decir el día que siguió al del regalo de esa sortija —prosiguió el cardenal—, m. Cavois estuvo en vuestra casa para rogaros que pasaseis por aquí, y con mal acuerdo no le devolvisteis la visita.

—Monseñor —dijo D’Artagnan—, temí haber incurrido en el desagrado de vuestra eminencia.

—¿Por qué, caballero? ¡Incurrir en mi desagrado por haber cumplido vos las órdenes de vuestros superiores con más inteligencia y más valor que no lo hubiera hecho otro! Al contrario, vuestra conducta solo merece elogios. Yo no castigo más que a las gentes que no obedecen, no a los que, como vos, obedecen… demasiado bien… Y la prueba de lo que digo la tendréis recordando la fecha del día en que os mandé llamar y lo que pasó aquella noche misma.

La noche a que Richelieu se refería era aquella en la que se efectuó el rapto de mm. Bonacieux.


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