Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan se estremeció, y recordó que hacÃa media hora, la desventurada mercera habÃa pasado junto a él, indudablemente llevada también por la misma fuerza que la hiciera desaparecer.
—Y, por último —continuó su eminencia—, como hacÃa algún tiempo que no oÃa hablar de vos, he querido saber qué hacÃais. Por otra parte, me debéis alguna gratitud, pues ya habéis notado con cuánta consideración se os ha tratado siempre.
D’Artagnan se inclinó con respeto.
—Lo cual —prosiguió Richelieu— no solo era hijo de un sentimiento de equidad naturalÃsimo, mas también de un plan que yo me habÃa trazado respecto de vos.
La admiración de D’Artagnan iba creciendo de punto.
—Plan que yo querÃa exponeros el dÃa en que por primera vez mandé a buscaros —repuso Richelieu—. Por fortuna, nada se ha perdido a pesar del retraso, y hoy vais a oÃrlo. Sentaos ahÃ, delante de mÃ, m. D’Artagnan, sois bastante noble para no escuchar en pie.
El cardenal indicó con el dedo una silla al mozo, el cual estaba tan admirado de lo que estaba pasándole, que, para obedecer, no aguardó una segunda señal de su interlocutor.