Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Monseñor… —repuso D’Artagnan con ademán turbado.
—¡Cómo! ¿No admitÃs? —profirió con admiración Richelieu.
—Sirvo en los guardias de su majestad, monseñor, y no me asiste razón alguna para estar descontento.
—Pero me parece —dijo el cardenal— que mis guardias lo son también de su majestad, y que con tal que uno sirva en un cuerpo francés, sirve al rey.
—Vuestra eminencia ha interpretado malamente mis palabras.
—Comprendo, necesitáis un pretexto y, sin embargo, lo tenéis. Para el mundo, el adelantamiento, la campaña que va abrirse y la ocasión que os ofrezco; para vos, la necesidad de protecciones seguras; porque bueno es que sepáis, m. D’Artagnan, que he recibido quejas graves contra vos, de las que se desprende que no consagráis el tiempo exclusivamente al servicio del rey.
D’Artagnan se sonrojó.
—Además —continuó el cardenal, poniendo la mano sobre un mazo de papeles—, aquà están unos autos que os atañen; pero antes de leerlos, he querido hablar con vos. Sé que sois hombre resuelto, y vuestros servicios, bien dirigidos, en lugar de llevaros al mal, podrÃan seros de gran provecho. Vamos, reflexionad, y decidÃos.