Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan abrió la boca para responder, pero su eminencia le despidió con un ademán lleno de altivez.
El mozo salió; pero al llegar a la puerta, casi le faltó el ánimo y sintió tentaciones de entrar de nuevo. Sin embargo, le refrenó pensar que, de aceptar el pacto del cardenal, el grave y severo Athos no volvería a darle nunca jamás la mano y renegaría de él: tan poderoso es el influjo de un carácter realmente grande sobre cuanto lo rodea.
D’Artagnan bajó por la misma escalera que había subido y halló ante la puerta a Athos y a los cuatro mosqueteros, que aguardaban su regreso y empezaban a estar desasosegados. En pocas palabras, tranquilizó el mozo a sus amigos, y Planchet fue a avisar a los otros retenes para que dejasen de montar por más tiempo la guardia, toda vez que su señor acababa de salir sano y salvo del Palais-Cardinal.
Ya en casa de Athos, Aramis y Porthos se informaron de las causas de aquella cita singular; pero D’Artagnan se limitó a decirles que m. de Richelieu había mandado a buscarle para proponerle entrar en sus guardias con el empleo de portaestandarte, y que él no había aceptado.
—Y habéis obrado cuerdamente —exclamaron a una Porthos y Aramis.