Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Y si en ciertas circunstancias os sucede alguna desgracia —dijo con intención el cardenal—, pensad que soy yo quien he ido a vos y que he hecho cuanto me ha sido posible para evitárosla.
—Suceda lo que suceda —profirió el mozo, llevando la mano al pecho e inclinándose—, viviré eternamente agradecido a vuestra eminencia por lo que está haciendo por mà en este instante.
—Pues hasta después de la campaña, como vos mismo habéis dicho, m. D’Artagnan —repuso su eminencia, y mostrando con el dedo una magnÃfica armadura con que él debÃa armarse, añadió—: también yo estaré allÃ, y os seguiré con los ojos, y a nuestro regreso echaremos cuentas.
—¡Ah! Monseñor —exclamó D’Artagnan—, evitadme la pesadumbre de caer en vuestra desgracia; permaneced neutral, monseñor, si halláis que me porto decorosamente.
—Joven —dijo el cardenal—, prometo deciros otra vez lo que hoy, si las circunstancias consienten que os lo repita.
Las últimas palabras de Richelieu envolvÃan una duda terrible; por lo tanto, consternaron al mozo mucho más de lo que hubiera hecho una amenaza, porque eran una advertencia, lo cual significaba que el cardenal querÃa preservarle de alguna desventura que le amenazaba.