Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Monseñor —contestó el mozo—, vuestra eminencia es excesivamente bondadoso para conmigo, y muy al revés de lo que vuestra eminencia supone, soy de la opinión que no he contraÃdo aún bastantes méritos para hacerme acreedor de sus bondades. Monseñor, va a abrirse el sitio de La Rochelle; serviré bajo la inspección de vuestra eminencia, y si me cabe la dicha de portarme en ese cerco de manera que merezca atraer vuestras miradas, entonces podré apoyarme en una acción gloriosa para justificar la protección con la que vuestra eminencia tenga a bien honrarme. Todo debe hacerse en su momento, monseñor; andando el tiempo, quizá me quepa el derecho de darme, ahora parecerÃa que me vendo.
—Es decir que os negáis a servirme —exclamó el cardenal con despecho no exento de estima—; libre sois, pues, y guardad para vos vuestros odios y vuestras simpatÃas.
—Monseñor…
—Bien, bien —dijo Richelieu—, no os lo reprocho; pero ya comprenderéis que uno tiene bastante que hacer con defender a sus amigos y recompensarlos, y que nada debe el hombre a sus enemigos. No obstante, quiero daros un consejo: protegeos, m. D’Artagnan, porque en cuanto retire yo de sobre vuestra cabeza mi mano, no darÃa por vuestra vida un óbolo.
—Procuraré hacerlo, monseñor —respondió con noble firmeza el gascón.