Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Athos se puso profundamente pensativo y no respondió cosa alguna; pero cuando se halló a solas con el gascón, le dijo:

—Habéis hecho lo que debíais, pero quizá no lo que os convenía.

D’Artagnan lanzó un suspiro; y es que la voz del mosquetero respondía a otra voz de su alma, que le decía que le esperaban grandes desventuras.

El día siguiente lo emplearon los cuatro amigos en prepararse para la marcha, y luego D’Artagnan fue a despedirse de m. de Tréville.

En la hora aquella todos creían aún que la separación de los guardias y de los mosqueteros sería momentánea, ya que el rey debía presidir su parlamento el mismo día y partir al siguiente.

M. de Tréville se limitó, pues, a preguntar a D’Artagnan si necesitaba algo de él, a lo cual nuestro gascón respondió que no necesitaba nada.

Por la noche, se reunieron todos los camaradas de la compañía de guardias de m. Des Essarts y de la compañía de mosqueteros de m. de Tréville para celebrar un banquete de despedida, ya que no debían verse de nuevo hasta que placiera a Dios y si a Dios placía. La noche, pues, fue grandemente bulliciosa; y es que en parecidos casos solo puede combatirse la preocupación con la indolencia.


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