Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Al toque de diana del día siguiente los amigos se separaron para dirigirse, los mosqueteros al palacio de m. de Tréville, y los guardias al de m. Des Essarts, y al mando de sus respectivos capitanes se encaminaron al Louvre, donde el rey pasaba revista.
Luis XIII estaba triste y, al parecer, enfermo, lo cual disminuía un tanto su gallardía. En efecto, la víspera, y en medio de la solemne sesión del parlamento, le había atacado la fiebre. No obstante, estaba decidido a partir aquella misma tarde, y pese a las observaciones que le hicieran, se empeñó en pasar revista, con la esperanza de que con un arranque de vigor vencería la enfermedad que empezaba a invadirlo.
Terminada la revista, los guardias emprendieron solos la marcha, dejando en París a los mosqueteros, que no debían salir hasta que el rey lo hiciese, lo cual permitió a Porthos ir a dar una vuelta por la rue aux Ours, montado en su soberbio corcel y luciendo su brillante uniforme.
La procuradora lo vio pasar; pero como le amaba demasiado para dejarlo partir de tal suerte, le hizo seña de que se apeara y subiese a verla.
Porthos estaba magnífico; sus espuelas resonaban, relucía su coraza, y su espada le azotaba las piernas.
Ahora los pasantes no sintieron ningunas ganas de reír, tal era el aspecto de cortador de orejas que tenía Porthos.