Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros La procuradora presentó al mosquetero a m. Coquenard, que despidió rayos de cólera por sus pupilas al ver todo flamante a su primo. Sin embargo, le consoló pensar que Porthos dejaría los huesos en aquella campaña que, según opinión general, iba a ser por demás penosa.
El mosquetero se despidió de m. Coquenard, que le deseó toda suerte de prosperidades. En cuanto a la procuradora, no alcanzaba a refrenar sus lágrimas; pero como sabían lo muy apegada que estaba a sus parientes, en pro de los cuales sostenía incesantemente las más vivas disputas con su marido, nadie pensó mal de su dolor.
Pero la verdadera despedida se realizó en el cuarto de mm. Coquenard. ¡Ay! De presenciarla, hasta un adoquín se habría ablandado.
Mientras la procuradora pudo seguir con la mirada a su amante, agitó su pañuelo, sacando tanto cuerpo fuera de la ventana que no parecía sino que iba a arrojarse a la calle.
Porthos recibió todas aquellas demostraciones como quien está acostumbrado a ellas, y solo al doblar la esquina se quitó el sombrero y lo agitó en señal de adiós.
Mientras, Aramis escribía una extensa carta. ¿A quién? Solo él lo sabía. En la pieza contigua, Ketty, que aquella misma tarde debía salir para Tours, estaba aguardando.