Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Sabido es que Richelieu se había prendado de la reina; pero ¿tenía su amor un simple fin político o era una de las tantas hondas pasiones que inspiró Ana de Austria a los que la rodeaban? Lo ignoramos. Como quiera que sea, el lector ha visto ya en las páginas que preceden que Buckingham había triunfado sobre su eminencia en este particular, y que en dos o tres circunstancias, y particularmente en el asunto de los herretes, gracias a la abnegación de los tres mosqueteros y al valor de D’Artagnan, le había burlado de manera cruel.

Para el cardenal se trataba, pues, no solo de librar a Francia de un enemigo, sino también de vengarse de un rival; de otra parte, la venganza debía ser grande y ruidosa, digna del hombre que tiene en sus manos, por espada de combate, todas las fuerzas de un reino.

Richelieu sabía que combatiendo a Inglaterra, y triunfando sobre ella y humillándola a los ojos de Europa, combatía a Buckingham, y triunfaba sobre él y lo humillaba a los ojos de la reina.

A Buckingham, por su parte, y escudándose tras la honra de Inglaterra, le movían intereses idénticos a los del cardenal; también el ministro inglés perseguía una venganza particular: bajo ningún pretexto había podido entrar nuevamente en Francia como embajador, y quería hacerlo como conquistador.


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