Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros PodÃa ser el atentado un recuerdo del cardenal, de cuya benevolencia dudara el mozo en el preciso instante en que, gracias a aquel benéfico rayo de sol, divisara el cañón del mosquete.
Sin embargo, D’Artagnan movió la cabeza con ademán incrédulo, porque su eminencia recurrÃa muy rara vez a tales extremos cuando se trataba de gentes hacia las cuales le bastaba tender la mano.
También podÃa ser una venganza de milady.
Esto era lo más probable.
El gascón se esforzó en vano en recordar las facciones o el traje de los asesinos, pues se habÃa alejado de ellos con tanta rapidez que no pudo notar cosa alguna.
—¡Ah! ¡Cuánta falta me hacéis, amigos mÃos! ¿Dónde estáis? —murmuró D’Artagnan.
El mozo pasó muy mala noche, y tres o cuatro veces se despertó sobresaltado, figurándose que un hombre se acercaba a su cama para matarlo a puñaladas. A pesar de ello, amaneció sin que la oscuridad de la noche hubiese acarreado ningún accidente desagradable.
Pero D’Artagnan, que sabÃa que más vale esperar que desesperar, no salió en todo el dÃa de su alojamiento, dándose a sà mismo por pretexto de su inmovilidad el mal estado atmosférico.