Los Tres Mosqueteros

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Sin embargo, como la víctima podía no estar más que herida y denunciar a los asesinos, estos se le acercaron para rematarlo; por fortuna, y gracias a la astucia de D’Artagnan, aquellos se olvidaron de cargar de nuevo sus mosquetes.

Cuando los asesinos se hallaron a unos diez pasos del gascón, este, que al caerse cuidara de no soltar su espada, se levantó prontamente y de un brinco se acercó a ellos.

Los asesinos comprendieron que de huir hacia el campamento sin haber matado a D’Artagnan, este les acusaría; así es que lo primero en que pensaron fue en pasarse al enemigo. Uno de ellos cogió el mosquete por el cañón y, sirviéndose de él como de una maza, descargó un golpe terrible sobre el mozo, que desvió el cuerpo; pero con este movimiento abrió paso al bandido, que echó a correr hacia el bastión, pero con mala suerte para él, ya que los rochelanos que guarnecían la fortaleza, ignorando con qué intención se les acercaba aquel hombre, le soltaron una descarga y lo tumbaron de un balazo que le destrozó uno de los hombros.

Mientras, D’Artagnan había arremetido con su espada al otro miserable, que para defenderse no tenía más que su descargado arcabuz. La lucha no fue larga: la espada del mozo se deslizó a lo largo del cañón del arma ahora inútil del asesino, y fue a atravesar el muslo de este, que cayó cuan largo era.


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