Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan no quiso abandonar en tan amargo trance a su compañero, y se agachó para levantarlo y ayudarle a llegar a las líneas; pero en aquel momento retumbaron dos tiros de mosquete, y una de las balas se estrelló en el cráneo del guardia ya herido, mientras la otra pasó a dos pulgadas del gascón y fue a aplastarse contra la peña.
El mozo se volvió con viveza, pues aquel ataque no podía venir del bastión, que estaba oculto por la esquina de la trinchera.
D’Artagnan recordó entonces a los dos soldados que le abandonaran, que a su vez le trajeron a la mente sus asesinos de la antevíspera; así pues, y resuelto a saber a qué atenerse, se dejó caer sobre el cuerpo de su compañero como si realmente hubiese sucumbido a los disparos.
Casi al punto, nuestro gascón vio cómo por encima de una obra abandonada que quedaba como a treinta pasos de allí, se levantaban dos cabezas, que no eran otras que las de los dos soldados de marras. D’Artagnan no se había equivocado: aquellos dos hombres le siguieron solo con el fin de asesinarlo, con la esperanza de que en el campamento atribuyeran la muerte del mozo al enemigo.