Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan partió con sus cuatro compañeros y siguió la trinchera mano a mano con los guardias y precediendo a los soldados.
De esta suerte, y cubriéndose con los revestimientos, llegaron hasta unos cien pasos del bastión. Entonces D’Artagnan se volvió, y viendo que los dos soldados habían desaparecido, achacó su ausencia al miedo, y continuó avanzando.
Al doblar el camino cubierto, él y los dos guardias se hallaron a unos sesenta pasos del bastión, que al parecer estaba abandonado, pues no se veía alma viviente.
Los tres soldados de avanzada estaban deliberando si irían más allá, cuando de improviso un cinturón de humo ciñó al gigante de piedra, y una docena de balas pasaron silbando junto a D’Artagnan y sus compañeros.
El bastión estaba guardado; era cuanto querían saber los exploradores. Y como una estancia más larga en aquel peligroso lugar hubiera sido una imprudencia vana, D’Artagnan y los dos guardias dieron media vuelta y emprendieron una retirada que tenía todas las apariencias de fuga.
Al llegar a la esquina de la trinchera que iba a servirles de muralla, uno de los guardias cayó con el pecho atravesado por una bala; el otro, sano y salvo, continuó su carrera hacia el campamento.