Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan apuntó inmediatamente su espada a la garganta del soldado.
—No me matéis —exclamó el asesino—; ¡perdón, perdón, mi oficial!, y os lo diré todo.
—¿Tu secreto vale por lo menos la pena de que te conceda la vida? —preguntó D’Artagnan, parando el brazo.
—SÃ, mi oficial, si estimáis que la existencia es atractiva cuando uno tiene veintidós años como vos y puede llegar a la cumbre de la grandeza, siendo gallardo y valiente como vos lo sois.
—¡Miserable! —dijo D’Artagnan—, pero di, ¿quién te ha dado el encargo de asesinarme?
—Una mujer a quien no conozco y a la que llaman milady.
—¿Cómo sabes que la llaman milady si no la conoces?
—Mi compañero la conocÃa y la llamaba como he dicho; con él se entendió aquella mujer y no conmigo; además, mi compañero lleva en la faltriquera una carta de milady, que, por lo que le oà decir más de una vez, debe de tener para vos gran importancia.
—Pero ¿cómo se explica que tú participes en esta emboscada?
—Mi compañero me propuso que los dos diésemos el golpe, y acepté.