Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Y cuánto os dio milady para llevar a cabo esta honrosa empresa?
—Cien luises.
—Vaya, parece que me estima en algo esa mujer —dijo D’Artagnan riéndose—; para dos miserables como vosotros, cien luises son una cantidad respetable; comprendo que hayas aceptado, y te perdono, pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó con zozobra el soldado al ver que no todo habÃa concluido.
—Que vayas a buscar la carta que tu compañero lleva en la faltriquera.
—Esto es matarme de otra manera —exclamó el bandido—; ¿cómo queréis que vaya a buscar la carta bajo los fuegos del bastión?
—Y, sin embargo, es menester que te decidas a ir a por ella, o te prometo que mueres en mis manos.
—¡Perdón, m. el oficial! ¡Compadeceos de mà en nombre de la joven dama a quien amáis, a quien tal vez tenéis por muerta, y que todavÃa vive! —exclamó el bandido, poniéndose de rodillas y apoyándose en la mano, pues con su sangre empezaba a perder las fuerzas.
—¿Y de dónde has sacado tú que hay una joven dama a quien yo amo, y que la he tenido por muerta? —preguntó D’Artagnan.
—Lo sé por lo que reza la carta que mi compañero lleva en la faltriquera.