Los Tres Mosqueteros

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El cardenal conocía la actividad y sobre todo el odio de Buckingham; si la liga que amenazaba a Francia triunfaba, no había remedio para él, su influjo caería en picado. La política española y la política austríaca tendrían sus delegados en el gabinete del Louvre, donde aún no tenían más que partidarios, y por tanto él, Richelieu, el ministro francés, el ministro nacional por excelencia, estaba perdido. El rey, de la misma manera que le obedecía como un niño, le aborrecía como un niño aborrece a su maestro, le abandonaba a las venganzas particulares de su alteza real el duque de Orléans y de la reina. Así pues, no había salvación para el cardenal ni para Francia, y era menester hacer frente a todo.

Por eso, no es de admirar que día y noche, y cada vez más numerosos, entrasen y saliesen correos de la casita del pont de La Pierre, en la que Richelieu estableciera su residencia; y los correos eran frailes que vestían desgarbadamente la cogulla, por donde se podía ver que pertenecían sobre todo a la Iglesia militante; mujeres que iban un tanto incómodas en sus ropas de paje, y cuyas holgadas calzas no lograban disimular del todo las redondas formas, y, por último, campesinos de ennegrecidas manos, pero de piernas de elegante contorno y que a tiro de ballesta delataban al hombre de elevada cuna.


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