Los Tres Mosqueteros

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—Precisamente por esto tengo la honra de informaros previamente, monseñor, pues podríais saberlo por otro conducto que el nuestro, y de no ser fiel la comunicación, creernos culpados.

—¿Y cuáles han sido las consecuencias de esa quimera? —preguntó Richelieu, frunciendo el ceño.

—Mi amigo Aramis, aquí presente —dijo Athos—, ha recibido una estocada en el brazo, lo cual no le impedirá, como vuestra eminencia puede verlo, subir al asalto mañana, si vuestra eminencia ordena la escalada.

—Pero vosotros no sois hombres para dejaros dar estocadas así como se quiera —profirió el cardenal—. Vamos a ver, sed francos, señores, también habéis repartido alguna; confesaos, ya sabéis que tengo el derecho de dar la absolución.

—Yo, monseñor —repuso Athos—, ni siquiera he desenvainado, pero he cogido por la cintura al que se las había conmigo y lo he arrojado por la ventana; según parece —continuó Athos con cierta vacilación—, el individuo aquel, al caer, se ha roto un muslo.

—¡Ah! —exclamó el cardenal—; ¿y vos, m. Porthos?

—Yo, monseñor, como sé que el duelo está prohibido, he asido un banco, y con él he descargado a uno de aquellos tunantes un golpe que, según mi parecer, le ha descalabrado un hombro.

—Bueno; ¿y vos, m. Aramis?


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