Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Fino tenéis el oÃdo —apuntó el cardenal, fijando su penetrante mirada en aquel osado interlocutor—; pero ahora quiero deciros que no por desconfianza os ruego que me sigáis, sino para mi seguridad; indudablemente, vuestros dos compañeros son los señores Porthos y Aramis.
—Lo son, eminentÃsimo señor —dijo Athos, mientras los dos mosqueteros quedados atrás se acercaban sombrero en mano.
—Os conozco, señores, os conozco —profirió Richelieu—; sé que no sois muy amigos mÃos que digamos, y lo lamento; pero también sé que sois hidalgos valientes y leales, y que puede uno confiar en vosotros. Hacedme, pues, la merced de acompañarme, m. Athos, vos y vuestros dos amigos, y de esta suerte llevaré una escolta capaz de despertar la envidia de su majestad, si le encontramos.
Los tres mosqueteros se inclinaron hasta los cuellos de sus caballos.
—Palabra que vuestra eminencia hace bien en llevarnos consigo —repuso Athos—, durante el trayecto hemos visto algunos rostros patibularios, y aun con cuatro de tales avechuchos hemos tenido una quimera en el Colombier-Rouge.
—¡Una quimera! Y ¿por qué, señores? —preguntó el cardenal—; ya sabéis que no soy amigo de los quimeristas.