Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Yo, monseñor, como de mío soy manso y pacífico, y, por otra parte, lo que tal vez monseñor ignora, estoy a punto de recibir órdenes sagradas, he querido separar a mis compañeros, cuando uno de aquellos canallas me ha tirado traidoramente una estocada que me ha atravesado el brazo izquierdo. Entonces, y agotada la paciencia, monseñor, he desenvainado a mi vez, y como el traidor volvía a la carga, me parece haber sentido que al arremeterme se ha espetado a sí mismo en mi espada; lo único que sé es que ha caído, y casi afirmaría que se lo han llevado sus dos compañeros.

—¡Diantre! Señores —dijo Richelieu—, tres hombres fuera de combate en una riña de figón; no tenéis blanda la mano. ¿Y cuál ha sido el origen de la quimera?

—Aquellos canallas, que estaban ebrios y sabían que por la tarde había llegado a la posada una mujer, querían forzar la puerta.

—¡Forzar la puerta! —exclamó el cardenal—, ¿y para qué?

—Sin duda, para agraviar a la mujer a quien me he referido —contestó Athos—; ya he tenido la honra de decir a vuestra eminencia que aquellos ruines estaban beodos.

—¿Y era joven y hermosa aquella mujer? —preguntó con cierta zozobra Richelieu.

—No la hemos visto, monseñor —dijo Athos.


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