Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Decís que no la habéis visto? ¡Ah! Muy bien —profirió con viveza el cardenal—, habéis obrado como debíais al defender la honra de una mujer, y como precisamente me encamino al mesón del Colombier-Rouge, sabré lo que haya de cierto en cuanto acabáis de decirme.

—Monseñor —repuso Athos con altivez—, somos nobles, y ni para salvar nuestra cabeza diríamos una cosa por otra.

—Por eso no pongo en duda ni por un instante vuestras palabras, m. Athos —exclamó Richelieu; y, mudando plática, añadió—: Entonces, ¿esa dama iba sola?

—Estaba encerrada con un caballero —respondió Athos—; pero como a pesar del alboroto el tal caballero no se ha mostrado, es de presumir que es un cobarde.

—«No hagáis juicios temerarios», dice el Evangelio —replicó su eminencia.

Athos se inclinó.

—Y ahora que sé cuanto quería saber —continuó Richelieu—, seguidme, señores.

Los tres mosqueteros se colocaron detrás del cardenal, que se embozó nuevamente y sacó su caballo al paso, manteniéndose a ocho o diez de sus cuatro acompañantes.


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