Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros De esta suerte llegaron al mesón, que estaba silencioso y solitario. Indudablemente, el mesonero, previamente sabedor de qué ilustre visitador iba a honrar su casa, había despedido a los importunos.
A unos diez pasos del Colombier-Rouge, el cardenal hizo seña a su escudero y a los mosqueteros de que se detuvieran.
Arrendado a la contraventana del mesón había un caballo ensillado.
El cardenal dio tres golpes, de una manera particular, y al punto salió del mesón un hombre embozado que cruzó con rapidez algunas palabras con su eminencia, y luego volvió a montar a caballo y se puso nuevamente en marcha camino de Surgères, que a su vez lo era de París.
—Adelantaos, señores —dijo el cardenal; y cuando los tres mosqueteros estuvieron junto a él, añadió, dirigiéndose a estos—: Me habéis dicho la verdad, y no dependerá de mí el que nuestro encuentro de esta noche no os sea provechoso; entretanto, seguidme.
El cardenal se apeó, como hicieron también los mosqueteros, y arrojó las riendas de su caballo a las manos de su escudero.
Athos, Porthos y Aramis arrendaron a la contraventana sus monturas.