Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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XLIV

DE LA UTILIDAD DE LOS CAÑONES DE ESTUFA

Era claro como la luz que, inconscientemente y solo llevados por su carácter caballeresco y aventurero, nuestros tres amigos acababan de servir a alguien a quien su eminencia honraba con su protección personal.

¿Quién era ese alguien? Eso fue lo primero que se preguntaron Athos, Porthos y Aramis; pero al ver que ninguna de las respuestas que podía darles su imaginación era satisfactoria, Porthos llamó al mesonero y le pidió unos dados.

Porthos y Aramis se sentaron a una mesa y se pusieron a jugar, mientras Athos se paseaba, imaginativo.

Entregado a sus reflexiones y paseándose, Athos pasaba y volvía a pasar por delante del cañón de la estufa, roto por la mitad y cuyo extremo opuesto daba en la pieza superior; y cada vez que pasaba y repasaba, oía un murmullo de palabras que acabó por cautivarle la atención. Athos se acercó, pues, al cañón de la estufa, y oyó con claridad algunas palabras que indudablemente le parecieron interesantes en grado máximo, pues hizo seña a sus compañeros de que se callaran, y permaneció encorvado y con el oído en la boca del orificio inferior.

—Escuchad, milady —decía el cardenal—, el negocio es de importancia; sentaos ahí y hablemos.

—¡Milady! —murmuró Athos.


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