Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Aramis y Porthos, que eran amantes de la comodidad, arrimaron al cañón de la estufa sendas sillas para ellos y otra para Athos, y los tres se sentaron, juntando las cabezas y con el oído atento.

—Vais a partir para Londres —continuó el cardenal—, y, una vez allí, os reuniréis con Buckingham.

—Me atrevo a hacer observar a vuestra eminencia —dijo milady— que desde el asunto de los herretes de diamantes, su gracia, que siempre ha sospechado de mí, me mira con sumo recelo.

—Es que ahora no se trata de captar su confianza —repuso Richelieu—, sino de presentaros a él franca y lealmente como negociadora.

—¿Franca y lealmente? —repitió milady con indecible acento de doblez.

—Sí, franca y lealmente —repuso su eminencia en el mismo tono—; toda esta negociación debe llevarse a cabo sin ambigüedades.

—Cumpliré al pie de la letra las instrucciones de vuestra eminencia, y espero que me las deis.

—Os presentaréis de mi parte a Buckingham, y le diréis que estoy enterado de todos los preparativos que hace, pero que de ellos me curo poco, atento que al primer ataque que intente, pierdo a la reina.

—¿Queréis decir, monseñor, que el duque dará por cierto que vos os halláis en condiciones de cumplir vuestra amenaza?


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