Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Tenéis razón, monseñor —dijo milady—, y confieso que he hecho mal al ver en la comisión con que me honráis otra cosa que lo que realmente es; todo consiste en comunicar a su gracia, de parte de vuestra eminencia, que vos conocéis los disfraces con ayuda de los cuales consiguió él acercarse a la reina durante la fiesta dada por mm. la condestable; que tenéis en vuestro poder las pruebas de la entrevista concedida en el Louvre por la reina a cierto astrólogo italiano que no es otro que el duque de Buckingham; que habéis encargado la escritura de una novela de las más ingeniosas sobre la aventura de Amiens, con el plano del jardÃn en que pasó la aventura y los retratos de los actores que en ella figuraron; que Montaigu está en la Bastille, y que el tormento puede obligarle a decir todo aquello que recuerda y aun aquello que se hubiese olvidado; y, por último, que poseéis cierta carta de mm. de Chevreuse, hallada en el alojamiento de su gracia, que compromete grandemente a su autora y a aquella en cuyo nombre fue escrita. Si, a pesar de todo, persiste, como mi encargo se limita a lo que acabo de decir, no me quedará sino suplicar a Dios que obre un milagro para salvar a Francia. ¿No es eso, monseñor? ¿Nada más tengo que hacer?
—Eso es —respondió con sequedad su eminencia.