Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Cuando uno está en la Bastille, no hay luego —profirió el cardenal con voz sorda—. ¡Ah! Si me resultara tan fácil deshacerme de mi enemigo como puedo quitar de en medio los vuestros, y si fuese contra tales gentes que me pidieseis la impunidad…

—Monseñor —exclamó milady—, trueque por trueque, existencia por existencia, hombre por hombre; dadme ese y yo os doy el otro.

—No sé lo que queréis decir ni quiero saberlo —repuso el cardenal—; pero deseo complaceros y no hallo inconveniente en daros lo que me pedís respecto de un hombre tan ínfimo, tanto más cuanto, como me decís, ese… D’Artagnan es un libertino, un duelista, un traidor.

—¡Un infame, monseñor, un infame!

—Dadme recado de escribir —dijo el cardenal.

—Tomad, monseñor.

De pronto reinó el más profundo silencio, lo cual probaba que Richelieu estaba ocupado en meditar los términos en que debía estar escrito el billete, o escribiéndolo.

Athos, que no había perdido sílaba de la conversación, cogió por una mano a cada uno de sus dos amigos y los condujo al lado opuesto de la pieza.

—¿Qué quieres? ¿Por qué no nos dejas escuchar el final de la conversación? —dijo Porthos.


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