Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Silencio —repuso Athos en voz baja—: hemos oÃdo lo que convenÃa que oyésemos; por otra parte, no os impido que escuchéis el resto, pero es menester que yo salga.
—Y si el cardenal pregunta por ti, ¿qué le responderemos? —profirió Porthos.
—No aguardaréis a que os lo pregunte; tan buen punto lo veáis, decidle que he salido de avanzada porque ciertas palabras del mesonero me han dado a sospechar que el camino no estaba seguro; por otra parte, ya diré algo sobre el particular al escudero de su eminencia, lo demás me atañe a mÃ, no os preocupéis por ello.
—Sed prudente, Athos —dijo Aramis.
—Nada temáis —respondió Athos—, ya sabéis que tengo serenidad de ánimo.
Porthos y Aramis fueron de nuevo a sentarse junto al cañón de la estufa. En cuanto a Athos, salió del mesón, desarrendó su caballo, convenció en dos palabras al escudero acerca de la necesidad de una vanguardia para el retorno, inspeccionó con afectación el cebo de su pistola, se puso la espada entre los dientes y siguió como explorador el camino que conducÃa al campamento.