Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Sin detenerse, entró inmediatamente en el cuarto y cerró tras de sà la puerta.
Al ruido que hizo el mosquetero al correr el cerrojo, milady se volvió y vio a aquel en pie delante de la puerta, embozado en su capa y con el sombrero encasquetado.
—¿Quién sois y qué queréis? —exclamó milady, asustada al ver aquella figura muda e inmóvil como una estatua.
—Realmente es ella —murmuró Athos.
Y dejando caer el embozo y levantando su sombrero, se acercó a milady y le dijo:
—¿Me conocéis, señora?
Milady avanzó un paso y luego retrocedió como a vista de una vÃbora.
—Muy bien —dijo Athos—, veo que me conocéis.
—¡El conde de La Fère! —murmuró milady, poniéndose pálida y retrocediendo hasta que la pared se le opuso.
—SÃ, milady —repuso Athos—, el conde de La Fère en carne y hueso, que viene de propósito del otro mundo para darse el placer de veros. Sentémonos, pues, y hablemos, como dice el cardenal.
Lady Clarick, dominada por un terror indecible, se sentó sin proferir palabra.