Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Richelieu hizo un ademán de aprobación, y emprendió la marcha, rodeándose a su ida de las mismas precauciones que tomara a su venida.

Dejemos al cardenal que siga camino del campamento, protegido por su escudero y los dos mosqueteros, y volvamos a Athos.

Durante un centenar de pasos no modificó la marcha de su cabalgadura, pero tan pronto estuvo fuera del alcance de la vista, lanzó su caballo hacia la derecha, dio un rodeo y tomó la vuelta del mesón, deteniéndose a poca distancia de este, en un soto, para espiar el paso del pequeño escuadrón; una vez hubo reconocido los bordados sombreros de sus amigos y la dorada franja de la capa del cardenal, aguardó que los jinetes hubiesen traspuesto el recodo del camino y, en cuanto los hubo perdido de vista, regresó al galope al mesón, del que sin dificultad le abrieron la puerta, ya que el mesonero lo había reconocido.

—Mi oficial se ha olvidado de hacer a la dama del primero una recomendación importante, y me envía para reparar su olvido —dijo Athos.

—Subid —contestó el mesonero—, todavía está en su cuarto.

Athos se aprovechó del permiso, subió la escalera apresuradamente, llegó al rellano y, a través del resquicio de la puerta entreabierta, vio como milady se ponía el sombrero.


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