Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Vos me tenÃais por muerto, ¿no es verdad? —prosiguió Athos sin moverse de su asiento—, como yo os tenÃa por muerta a vos, y el nombre tras el cual me escondo habÃa ocultado al conde de La Fère, como el de lady Clarick a Anne de Breuil. ¿No os llamabais asà cuando vuestro honorable hermano nos casó? Nuestra situación es verdaderamente extraña —prosiguió Athos, riéndose—; vos y yo, si hemos vivido hasta lo presente, solo es porque nos tenÃamos respectivamente por difuntos, y porque un recuerdo siempre molesta menos que una persona, por más que un recuerdo sea a las veces devorador.
—Pero, en definitiva —dijo milady con voz sorda—, ¿qué os conduce de nuevo a mÃ, y qué queréis?
—Quiero deciros que asà como he permanecido invisible a vuestros ojos, yo no os he perdido de vista.
—¿Vos sabéis lo que yo he hecho?
—Puedo citaros dÃa por dÃa vuestros actos, desde que entrasteis al servicio del cardenal hasta esta noche.
Por los labios de milady vagó una sonrisa de incredulidad.