Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Cómo! —repuso Athos—, ¿en un puerto de mar no tienen pescado?

—Dicen —repuso Aramis, fijando nuevamente los ojos en su piadosa lectura— que el dique que m. el cardenal hace construir ahuyenta los peces hacia alta mar.

—Pero no es eso lo que yo os preguntaba, Aramis —dijo Athos—, sino si estuvisteis en completa libertad, si persona alguna os molestó.

—Me parece que no hallamos muchos importunos; en realidad, para lo que vos queréis decir, Athos, estaremos bastante bien en el Parpaillot.

—Pues vámonos al Parpaillot —dijo Athos—, porque aquí las paredes son como pliegos de papel.

D’Artagnan, que estaba acostumbrado al modo de hacer de su amigo, y que a una palabra, a un ademán, a un signo de él reconocía inmediatamente si las circunstancias eran graves, cogió del brazo a Athos y salió con él sin pronunciar palabra.

Porthos salió detrás de sus dos amigos, platicando con Aramis.

Por el camino, los tres mosqueteros y D’Artagnan encontraron a Grimaud, y Athos le hizo seña de que les siguiese.

El lacayo, como de costumbre, obedeció sin abrir el pico; y es que el pobre muchacho, de puro no hablar casi había olvidado las palabras.


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