Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros En el momento en que empezaba a clarear, a las siete de la mañana, los cuatro amigos llegaron al Parpaillot, y en cuanto hubieron pedido de almorzar, entraron en una pieza en la que, al decir del mesonero, nadie les incomodaría.
Por desgracia, la hora estaba mal escogida para un conciliábulo: acababan de tocar diana; los soldados sacudían el sueño de la noche, y para librarse del aire húmedo de la mañana venían a la cantina para beber un trago: unos tras otros y con rapidez muy favorable a los intereses del cantinero, pero muy contraria a las miras de los cuatro amigos, entraban y salían suizos, guardias, mosqueteros y soldados de caballería ligera, que saludaban con brindis y chanzas a aquellos, que respondían de mal talante.
—Me parece que nos vamos a agenciar alguna quimera —dijo Athos—, y ahora no estamos para eso. Adelante, D’Artagnan, contadnos lo que habéis hecho esta noche, y luego os contaremos cómo la hemos pasado nosotros.
—En efecto —dijo un soldado de caballería ligera, que se estaba contoneando mientras se bebía lentamente y a pequeños sorbos un vaso de aguardiente que tenía en la mano—; en efecto, vosotros montabais la trinchera esta noche, señores guardias, y me parece que habéis tenido que habéroslas con los rochelanos.