Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan miró a Athos, como preguntándole si debía contestar a aquel intruso que metía baza.

—Hombre —dijo Athos a su amigo—, ¿no oyes a m. de Busigny que te hace la merced de dirigirte la palabra? Cuenta lo que ha pasado esta noche, ya que esos caballeros desean saberlo.

—¿No hapéis tomado un pastión? —preguntó un suizo que bebía ron en un vaso de cerveza.

—Sí, señor —respondió D’Artagnan, inclinándose—, nos ha cabido esta honra; y aun, como podéis haberlo oído, hemos colocado bajo una de las esquinas de aquel un barril de pólvora que, al reventar, ha abierto una brecha más que mediana; sin contar que, como el bastión no lo habían levantado ayer, el resto de la obra ha sufrido grandemente.

—¿Qué bastión es ese? —preguntó un dragón[5] que traía, para que se lo asaran, un ganso espetado en su sable.

—El de Saint-Gervais, al amparo del cual los rochelanos hostigaban a nuestros zapadores —respondió D’Artagnan.

—¿Y se ha sacudido bien el polvo?

—¡Yo lo creo! Nosotros hemos perdido cinco hombres en la refriega, y los rochelanos ocho o diez.


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