Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Bardiez! —profirió el suizo, que, a pesar de la admirable colección de interjecciones que posee la lengua alemana, había tomado la costumbre de soltarlas en francés.

—Pero es probable que esta mañana envíen algunos zapadores para que vuelvan a poner el bastión en estado de defensa —dijo Busigny.

—Es muy probable —repuso D’Artagnan.

—Señores —exclamó Athos—, una apuesta.

—Eso es, una abuesta —profirió el suizo.

—¿Cuál? —preguntó Busigny.

—Aguardad, también tomo parte en ella —repuso el dragón, colocando, a modo de asador, su sable sobre los dos grandes morillos de hierro de la chimenea—. ¡Cantinero! ¡Cantinero! Al instante una grasera para que no se eche a perder una gota de la grasa de este estimable pájaro.

—Le sopra la razón —dijo el suizo—, la grasa de bato es ponísima con confituras.

—¡Ah, ja! —profirió el dragón—. Ahora, veamos la apuesta. Os escuchamos, m. Athos.

—Sí, la apuesta —dijo el soldado de caballería ligera.


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