Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pero ¿por qué no hemos almorzado en el Parpaillot?

—Porque tenemos que hablar de asuntos importantísimos, y en la cantina era del todo imposible conversar por espacio de cinco minutos en medio de tanto importuno como va, viene, entra, sale, saluda y se acerca; allí, al menos —continuó Athos señalando el bastión—, nadie vendrá a incomodarnos.

—Me parece que en las dunas, a orillas del mar, podríamos haber dado fácilmente con algún lugar retirado —replicó D’Artagnan con su prudencia habitual y que tan bien y tan naturalmente se hermanaba con su esforzadísimo ánimo.

—Sí, para que nos hubiesen visto conferenciar juntos a los cuatro, y un cuarto de hora después el cardenal hubiese sabido por sus espías que celebrábamos consejo.

—Athos está en lo cierto —dijo Aramis—; Animadvertuntur in desertis.

—No nos habría venido mal un desierto —profirió Porthos—; lo que faltaba era hallarlo.


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