Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Sabed —repuso Athos— que no hay desierto en el que no pueda pasar un pájaro por encima de la cabeza de un hombre, o un pez saltar por encima del agua, o un conejo salir de su gazapera, y no me cabe duda alguna que pájaro, pez y conejo se han convertido en espías del cardenal. Vale más, pues, que prosigamos nuestra empresa, ante la cual, por otra parte, no podemos retroceder sin cubrirnos de ignominia; hemos hecho una apuesta que no podía ser prevista, y de la que reto a quien quiera que sea, que adivine la verdadera causa, y para ganarla vamos a sostenernos una hora en el bastión. O nos atacarán, o no nos atacarán. Si no nos atacan, nos sobrará tiempo para comunicarnos lo que tenemos que decirnos y nadie nos oirá, pues os aseguro que las murallas de ese bastión no tienen orejas; si nos atacan, no por eso dejaremos de hablar de lo que nos interesa, y, además, nos cubriremos de gloria defendiéndonos. Ya veis que todo resulta beneficioso.

—Pero vamos a ganarnos un balazo, como si lo viera —dijo D’Artagnan.

—¡Bah! —repuso Athos—, a vos os consta, mi buen D’Artagnan, que no son las del enemigo las balas más temibles.

—Pero se me antoja que para una empresa tal deberíamos habernos traído al menos nuestros mosquetes —profirió Porthos.


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