Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —De mil amores, caballero —repuso Busigny, sacando de su bolsillo un magnÃfico reloj ceñido de diamantes—; el mÃo señala las siete y media.
—Pues el mÃo las siete y treinta y cinco —profirió Athos—; bueno, ya sabemos que mi reloj adelanta cinco minutos al vuestro.
Y, saludando a los pasmados asistentes, los cuatro amigos tomaron el camino del bastión de Saint-Gervais, seguidos de Grimaud, que llevaba la cesta, ignorando adónde iba y ni siquiera pensando en preguntarlo, tal era la pasividad a que se acostumbrara al servicio de Athos.
Mientras se hallaron en el recinto del campamento, Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan no cruzaron palabra; además, les seguÃa una multitud de curiosos que se habÃan enterado de la apuesta y querÃan saber de qué manera saldrÃan aquellos del atolladero. Sin embargo, una vez que hubieron rebasado la lÃnea de circunvalación y se hallaron al raso, D’Artagnan, que ignoraba de todo en todo de qué se trataba, creyó que era tiempo de pedir una explicación, y dijo a Athos:
—¿Me hacéis ahora la merced de decirme adónde vamos?
—Ya lo veis, al bastión.
—¿Y qué vamos a hacer en él?
—Almorzar, ¡como si no lo supierais!