Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es cuanto necesitamos; carguemos las armas.
Los cuatro mosqueteros pusieron manos a la obra, y en cuanto acabaron de cargar el último mosquete, Grimaud hizo seña de que el almuerzo estaba servido.
Athos respondió, también por señas, que estaba bien, e indicó a Grimaud una especie de garita en la que el lacayo comprendió que debÃa quedarse de centinela. Sin embargo, para que pudiese suavizar el tedio de su facción, Athos le dio licencia para que se llevara un pan, un par de chuletas y una botella de vino.
—Y ahora a la mesa —dijo Athos.
Los cuatro amigos se sentaron en el suelo, cruzando las piernas como turcos, o, si se quiere, como sastres.
—Supongo que ahora, libre del temor de que nos escuchen, vas a revelarnos tu secreto —dijo D’Artagnan.
—Me parece que a un tiempo os procuro placer y gloria, señores —profirió Athos—. Os he hecho dar un paseo delicioso; aquà tenemos un almuerzo suculentÃsimo, y allá abajo, como podéis ver al través de las aspilleras, hay quinientos hombres que nos tienen por locos o por héroes, dos clases de imbéciles que se parecen bastante.
—Bueno, sÃ, pero ¿y el secreto ese? —preguntó D’Artagnan.