Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Una mujer encantadora —respondió Athos; y catando un vaso de vino espumoso, exclamó—: ¡Maldito mesonero! Nos ha dado vino de Anjou en vez de vino de Champagne, como si nos dejáramos engañar tan fácilmente. Sà —continuó—, una mujer encantadora que se ha mostrado muy complaciente para con nuestro amigo D’Artagnan, el cual le ha jugado no sé qué mala treta de la que ella ha intentado vengarse, hace un mes, queriendo hacerle matar a mosquetazos, hace ocho dÃas, procurando envenenarlo, y ayer pidiendo su cabeza al cardenal.
—¡Cómo! ¿Pidiendo mi cabeza al cardenal? —exclamó D’Artagnan, pálido de terror.
—Esto es tan cierto como el Evangelio —dijo Porthos—; yo lo oà con mis dos orejas.
—Y yo también —repuso Aramis.
—Entonces es en vano continuar la lucha —profirió D’Artagnan, dejando caer con desaliento el brazo—; tanto vale que me levante la tapa de los sesos, y asà habré concluido de una vez.
—Esta es la última necedad que debe hacer un hombre, ya que es la única que no tiene remedio —dijo Athos.
—Pero con tales enemigos es imposible que me escape —repuso D’Artagnan—. Primero el fulano de Meung; luego Wardes, a quien di tres estocadas; después milady, de la que sorprendà el secreto, y por último el cardenal, de quien hice abortar la venganza.