Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —DecÃas —repuso D’Artagnan— que milady, después de haber pedido mi cabeza al cardenal, habÃa abandonado las costas de Francia. ¿Adónde va? —continuó el mozo, que se preocupaba mucho del itinerario que debÃa seguir lady Clarick.
—A Inglaterra —respondió Athos.
—¿Para qué?
—Para asesinar o hacer asesinar a Buckingham.
—¡Esto es una infamia! —exclamó D’Artagnan lleno de sorpresa y de indignación.
—Poco cuidado me da a mà eso —dijo Athos; y, volviéndose al lacayo, añadió—: ahora que habéis cargado los mosquetes, coged el espontón del sargento, atad en él una servilleta y plantadlo allà en lo alto de nuestro bastión, para que esos rebeldes rochelanos vean que se las han con valientes y leales soldados del rey.
Grimaud obedeció sin proferir palabra, y poco después la blanca bandera flameaba encima de la cabeza de los cuatro amigos.
La mitad de los soldados del campamento, que estaban a las puertas del mismo, saludaron con una tempestad de aplausos la aparición de la bandera.
—¡Cómo! —repuso D’Artagnan—, ¿a ti nada te importa que milady asesine o haga asesinar a Buckingham, siendo, como es, amigo nuestro?