Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Buckingham es inglés y guerrea contra nosotros; por consiguiente, el que milady haga esto o aquello con el duque me tiene tan sin cuidado como una botella destripada.
Tras estas palabras, Athos lanzó a quince pasos de sà una botella que tenÃa en la mano y de la que acababa de trasegar en su vaso hasta la última gota.
—Permitidme que os lo diga —profirió D’Artagnan—, pero yo no abandono de esta suerte a Buckingham; recordad que nos regaló cuatro corceles magnÃficos.
—Y sobre todo unas sillas preciosÃsimas —dijo Porthos, que precisamente en aquel mismo instante ostentaba en su capa el galón de la que le correspondiera.
—Además —repuso Aramis—, Dios quiere la conversión y no la muerte del pecador.
—Amén —dijo Athos—; ya volveremos a tratar de este asunto más adelante si tal es vuestro deseo; pero lo que a mà me preocupaba más por el pronto, y estoy seguro de que tú me comprenderás, D’Artagnan, era tomarle a aquella mujer una firma en blanco que habÃa arrancado a su eminencia, y con ayuda de la cual debÃa deshacerse de ti y tal vez de nosotros.
—¿Asà pues es un demonio esa mujer? —repuso Porthos tendiendo su plato a Aramis, que estaba trinchando un ave.
—¿Y la firma en blanco ha quedado en sus manos? —preguntó D’Artagnan.