Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es muy sencillo —repuso Athos—; en cuanto el enemigo esté a tiro de nuestros mosquetes, hacemos fuego; si continúa avanzando, repetimos los disparos, y asà consecutivamente mientras tengamos mosquetes dispuestos; si los enemigos que sobrevivan se deciden a dar el asalto, les dejamos que desciendan al foso, y les derribamos sobre la cabeza ese lienzo de muralla que solo se sostiene en pie por un milagro de equilibrio.
—¡Bravo! —exclamó Porthos—, en verdad naciste para general, amigo Athos, y comparado contigo, su eminencia, que se tiene por guerrero consumado, no vale un ardite.
—Señores —dijo Athos—, procurad que se aprovechen los proyectiles; elija cada cual un enemigo y apunte bien.
—Ya he escogido el mÃo —dijo D’Artagnan.
—Y yo el mÃo —profirió Porthos.
—Y yo el mÃo —repuso Aramis.
—Fuego, pues —exclamó Athos.
Los cuatro disparos no produjeron más que una detonación, pero cayeron cuatro rochelanos exánimes.
Inmediatamente, redobló el tambor, y los que del pelotón sobrevivÃan avanzaron a paso de carga. Entonces los mosquetazos se sucedieron sin regularidad, pero siempre con la misma buena punterÃa. Sin embargo, los rochelanos, cual si hubiesen conocido la debilidad numérica de sus enemigos, seguÃan adelante con igual Ãmpetu.